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Publicado el viernes 08 de febrero de 2013
Edición No. 1194
Diario de Mamá
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¿Tú cancaneas?

Nos entristeció recordar Que leer sin cancanear es una destreza que hoy en día no se aprende en el colegio

 

Hace unos días fui a visitar a un buen amigo recientemente operado en el cerebro y, por razones obvias, hay ciertas cosas que durante la recuperación no podrá hacer a su gusto, como por ejemplo leer.

Así pues llegué con mi bolsita de libros –varios, porque confieso que no estaba clara en los temas y/o idiomas que preferiría– y a flor de piel el ofrecimiento de leerle. Confirmé con mucho gusto que aun “sin saber leer ni escribir” había atinado bastante bien en su gusto por libros. Quizás fue un “lechazo” como decimos por estos lares, pero prefiero pensar que fue un acierto con conocimiento de causa.

El asunto es que justo cuando llegué venía llegando una segunda visitante que, por feliz casualidad, era alguien con quien hace años había compartido información sobre la preparación para el Camino de Santiago, pero que no había tenido oportunidad de conocer personalmente pues vive en Boquete. ¡Y dicen que no hay casualidades!

No era  el momento de sentarme a leerle un texto al amigo, sino más bien de llevar la conversación por temas comunes que fueron también muy entretenidos. Reímos, hicimos chistes con pícara complicidad y hasta nos sacamos trapos familiares. Me causó gran alegría ver que el convaleciente participaba no solo de la conversación, sino que aportaba su dosis de comentarios atinados.

En un silencio de los que suelen ocurrir en toda reunioncita, aproveché para hacer mi ofrecimiento –el de la lectura–, entonces mi amigo, con esa sagacidad que lo caracteriza, me miró de reojo y preguntó “Pero... ¿tú cancaneas?”, y se atacó de risa.

Yo tuve que salir a defender mis colores como un paladín de guerras viejas. ¡Claro que no! ¡Cómo se te ocurre! Yo leo muy bien, producto de muchas mañanas parada junto a mi escritorio de cualquier grado en el colegio Las Esclavas con un libro entre las manos y una postura perfecta que jamás he podido volver a mantener. Pues si en esa escuela no enseñaron buena caligrafía –a pesar de los intentos–, nos mandaron a la vida con ortografía impecable y capacidad de leer ¡sin cancanear!, adelantándonos a las comas y a los puntos seguidos.

Luego del relajo inicial nos entristeció recordar que hoy en día esa es una destreza que no se aprende en el colegio, y por eso nos toca escuchar a las figuras públicas jóvenes –y a algunas viejas también– tratar de navegar por un discurso sin morir en el intento. Casi siempre mueren porque si lo escriben ellos mismos están condenados desde el principio, porque de gramática y sus truquillos nada saben, y si se los escribe algún letrado los condena su incapacidad de darle sentido a las frases y oraciones con la sencilla técnica de dejarse guiar por la puntuación.

Y así como nos dio lástima que la gente no sepa leer, también un millón de otros males que aquejan a esta nueva generación. Muy tecnológica, sí, pero la enfermedad de “necesitar” genera agonías desde la niñez.

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